Nunca se como empezar...Esto es una despedida de algo que no iba a tener final.
¿Quién puede hacerte ver los males cuando estás ciego? ¿Quién puede hacerte oír los gritos cuando estás sordo? ¿Quién puede percibir que tu jaula cada vez te ahoga un poco más?
Ciega por mi causa, sorda por tus gritos, encerrada por palabras.
Mi jaula cada vez más fría, cada vez más pequeña, cada vez menos oxígeno...Y yo ciega, sin poder ver que los barrotes cada vez me rozaban más la piel. Y yo sorda, sin poder oír palabras sabias fuera de estos barrotes.
Y es justo cuando los hierros de esta oxidada jaula chocan contra mi piel, cuando dejo de estar sorda, y ciega, y enjaulada...Pero, ¿qué puedo hacer si los fríos hierros atraviesan mi piel? Si mi antigua visión ha cambiado y mi mirada pierde el brillo. Mis oídos solo escuchan lo que dices tú, aunque lo oigan todo...
Y de nuevo al principio de la historia. Los hierros dejan de doler, mis ojos se cierran y mis oídos se taponan.
Y de nuevo al final de la historia. Mi piel sangrando, los ojos empañados y los oídos aforados.
Vida cíclica. Constante alegría que lleva después a un contínuo sufrimiento.
Es hora de apartar las rejas, de abrir los ojos y aumentar la capacidad de audición. Hay que agudizar todos los sentidos.
Y es entonces cuando veo que puedo cambiar la historia (o intentarlo, al menos).
¿Realmente merece la pena las heridas, los ojos ciegos y los oídos sordos? No importa nada si la recompensa no equipara el sufrimiento vivido.
Y ahí fue cuando abrí mis ojos, escuché a quién nunca antes, y con todo el coraje que pude imaginar, partí los barrotes de mi jaula.
Uno a uno. Uno tras otro. No dejé ni rastro de lo que antes había sido una cárcel.
O bueno, igual quedó algo por el camino. Puede que recuerdos, historias y sensaciones que quería dejar atrás. O que debía dejar atrás [(nunca lo sabré) O quizás si].
No hay comentarios:
Publicar un comentario